domingo, 17 de abril de 2011

Confesiones de un domingo, antes del atardecer


Odio Facebook cuando se acerca el final de mi domingo y yo lo único que he hecho es pretender navegar personalidades virtuales, sin haber entablado conversación alguna con mis papás y cuando lo único que queda de sol es un tenue rayito que se empieza a esconder por el occidente. Lo odio porque no puedo dejar de meterme cada vez que prendo el computador y porque desde que lo hago, tengo que hacer el esfuerzo de no habitarlo por más de una hora. Lo odio porque ese esfuerzo es en vano y porque nunca me he metido por menos de sesenta minutos…

En algún momento, después de mucho jurar con innegable firmeza que nunca tendría una cuenta, heme aquí, escribiendo al respecto porque bien lo conozco y porque, con razón, puedo asegurar que lo detesto. No podría decir si el “boom” de este espacielucho se ha ido calmando, pero con certeza sé que de mis personas favoritas, pocas lo habitan, y eso, si apenas tienen una cuenta. Quisiera convertirme en una de mis personas favoritas, desconectarme, y salir a cantar…

Tal vez abusé de esta cosa, o tal vez esta cosa abusó de mí. Pero ya poco nos soportamos. Poco soporto su esquema sin demasiada gracia, los conectados a la izquierda, los chismes relevantes en el centro –porque son lo más importante- y yo, “ahí”, navegando entre fotos de gente guapa que salió la noche anterior de rumba, declarando genuinamente cuánto me gusta uno que otro post. Nada ahí me emociona demasiado, nada ahí es realmente importante, si es que hay algo en la vida realmente importante… Lo odio todo, desde el torpe y seco sonidito de su chatito, que además es pequeño y aburrido, hasta los emoticones sin gracia. Lo odio cuando mis mensajes no llegan “por ser demasiado largos”. Odio los toques que me dan y que no siento, la monotonía del concepto, del espacio. Odio enterarme de los miles de eventos que me tienen sin cuidado, y las etiquetas que me ponen en la frente como convirtiéndome en producto. Odio el día a día, enterarme de quién está o no en una relación, de quién ha jugado en la granja. Y lo odio por impersonal, por artificial, por superficial. Porque cuando, sin mayor importancia, me pierdo entre las últimas noticias y se me olvida darle la comida a rosita, porque dejo mis libros arrumados encima de mi escritorio. Lo odio porque cada vez con mayor eficacia, anestesia mis sentidos, porque no sabe ni huele a nada, porque suena aburrido, porque no siento nada.

Pero nada de esto es demasiado aterrador como el sentimiento que me invade cuando por fin, logro desconectarme. Funciona como una droga; es adictivo, me llena de euforia mientras lo habito y después, cuando lo des-habito, viene la tristeza. Porque aunque no estoy con nadie, “estoy con todos” al mismo tiempo, en todas partes, en todo lugar. Me vuelve todopoderosa, volátil. Me desmaterializa para convertirme en ceros y unos, por eso lo odio, por binario y escueto. Porque cuando me desconecto, me doy cuenta de que, en realidad, no tengo 678 amigos. Porque me siento más sola que nunca y con mis horas perdidas…

Y porque lo odio, hoy decido desconectarme. Porque no logro quererlo. Porque afuera hace sol todavía, porque puedo jugar con mi perro en un parque. Porque mis papás toman vino y oyen jazz, porque quiero oír sus historias. Porque tengo un lienzo en blanco y muchas pinturas en mi mesita, porque tengo una lista de libros que habitar, ingredientes para cocinar. Hoy quiero empaparme los cachetes de motivos y sonreír hasta que me duelan… Habitar la existencia para que la próxima vez que me conecte, tenga historias qué contar… Hoy quiero ser mi persona favorita, y por eso, decido desconectarme y salir a cantar.




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